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Comarca de Gordón Tu Foro de consulta y opinión
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Villarín
Registrado: 13 Abr 2007 Mensajes: 512
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Publicado: Dom Abr 22, 2007 9:26 pm T�tulo del mensaje: Un paseo montañés |
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UN PASEO MONTAÑÉS
En el valle, el casar se apiña en soledad antigua.
Las chimeneas expulsan un humo cenizoso,
Que la suave brisa aleja entre la luz sombría.
Paseo en silencio por la era, junto al almiar.
Es la hora de claridad del crepúsculo vespertino,
Y la luz del día amengua y va palideciendo.
A mi lado, unos mozalbetes embebecidos
Y desaliñados farfullan bagatelas.
Otros, vociferantes, se dan mojicones.
En derredor atisbo un paisaje verde oliva,
Con pinceladas amarillas y bermejas en el soto,
Y manchas de gris pardo sobre los altos cerros.
Allá a lo lejos, sobre los picachos, dos águilas reales.
Más abajo, en la suave loma, planea el alimoche.
De una sebe sale un treparriscos, lo miro largamente.
Grandes vacas pardas descansan en el prado en melifluo asueto.
En la campareta de la nación, un asno estoxo se revuelca, luego rosna.
Aromas de heno se condensan en el aire fino del fenecido atardecer.
El nocturno se esparce sobre el feraz campo,
Cuando la tarde se ha mudado anochecer henchido.
Un turbión de estrellas diminutas lucen en la sonochada.
El paseo se desvanece a cada paso.
Una incipiente tristeza me embarga.
Mañana vuelvo a la ubérrima Madrid.
¡Ay! Me siento desterrado de la flor de mis lares.
Dejaré el solar, sierras, almas, corazones.
Y un nido de juncos fríos sobre la luna.
Sí, yo que soy hijo de los vientos del norte…
Yo, que amo las altas volandas del aire…
Yo, que pastoreo las cumbres de la alborada nieve…
¡Oh Gordón, cuanto antes regresaré de un brinco!
Villarín
Ultima edici�n por Villarín el Mar Nov 18, 2025 2:27 pm; editado 3 veces |
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Villarín
Registrado: 13 Abr 2007 Mensajes: 512
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Publicado: Mie Abr 25, 2007 8:05 pm T�tulo del mensaje: |
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Yosco escribió:
Un emotivo Paseo montañés nos dejas hoy, Villarín. ¡Cuánto amor por la tierrina, ay! He disfrutado cada uno de tus versos y me he recreado con esta evocación tan sentida y compartida de Pola y su entorno . Enhorabuena.
Salud. |
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Villarín
Registrado: 13 Abr 2007 Mensajes: 512
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Publicado: Vie Dic 01, 2017 8:13 pm T�tulo del mensaje: Saliendo por el monte... |
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Saliendo por el monte en agosto…
En mi veraneo estival, no suelo madrugar. Al día presente, empero, ha media hora que amaneció y listo estoy en pie. En la calle no se escucha voz humana, toda entera está aún callada. En la serenidad de la mañana, en el silencio matutino, un cielo amplio, una luz clara. En esta hora calma, suenan serenadas las campanas del reloj de la iglesia, que apenas dejan vibración en el aire. A lo lejos, cierra el horizonte sur Fontañan, y un tren de mercancías corre hacia León…
Sin tardanza, salgo de casa, por la fresca, a pasear por el campo y respirar a pleno pulmón el rico aire de la montaña leonesa; luego de andar un poco, unos diez minutos, paso junto al camposanto y, por la aledaña cuesta arriba, con zarzas y espinos al comienzo y luego escobas de monte y pradería, avanzo la ruta que me llevará a la frondosa arboleda del pinar de los llanos, de majestuosa umbría, de pomposos pinos, de alta copa.
Llevo un caminar lento, sin prisa, a gusto mío, sintiendo el bellísimo día de verano, en reencuentro con la naturaleza de mis raíces, con deliciosos lugares de infancia y adolescencia, una vez más. Al mismo tiempo, evoco recuerdos pasados en estos lares, andanzas y usanzas que se deslizan y dejo vagar…
Subiendo por el terreno que piso, después de los pinos bajos, al pie de la fuente de caño, con pilón rectangular y adherido musgo, un perro de vientre breve, de pelaje marrón, con expresión de fatiga, descansa; me mira un instante, duda en levantarse, se yergue al fin –aunque tuve cuidado en no molestarle, pese a mi inseguridad temerosa–, y poco a poco se va alejando, con desgana, despaciosamente, en dirección a la desnivelada glera de la antigua cantera, que está detrás; en sus ojos perrunos se asoma una tristeza insondable. ¿De qué podría tener esa tristeza?
Agito el poso del pilón con la cacha y en el agua se excitan los huidizos renacuajos. En el cielo azul, entre los pliegos del aire, vuelan con elegancia insuperable cigüeñas, zancudas que en los nidos del Preventorio crotoran. Más adelante, en el recorrido, del follaje de un robledal se levanta una bandada de vivarachos pardales, y los saltamontes brincan en el camino, y las mariposas revolotean, yendo y viniendo. Con una hoja de helecho espanto las desagradables moscas desbocadas, que no me dejan en paz.
Después de una hora larga llego a la pinada alta, y como hacía en la infancia y en la muchachez –cuando iba con mis padres a llenar sacos de piñas, para encender la lumbre de la casa en el invierno–, voy a proporcionarme un humilde placer grande, sin poder resistir la tentación; con canas barbas, sin cojines de pluma, me tiendo a lo largo, de espaldas, sobre la superficie de la tierra sustentadora, acolchada de hojas de pino; cierro los ojos, me relajo, me mantengo estirado y quieto entre miles de acículas impregnadas de humedad fina; exhalo penetrantes perfumes, sólidos aromas del bosque, y mi mente vertiginosamente rememora vida pasada, retratos mentales de gestos joviales, de risas y chanzas ligadas a aquel tiempo y emplazamiento. Abro la vista, miro hacia lo alto y por entre las hileras de pinos avizoro un trocito de la inmensidad del cielo, y escucho los trinos de pájaros y el sonsonete de los insectos. El tiempo pasa…
Horas más tarde, de vuelta, reposo en el alterón de blancas rocas calizas, que es cima de la pradera de la aviación, su soleado oripié; desde esta aireada atalaya, sentado bajo la sombra de un enramado árbol, todavía un pequeño sardón, me place contemplar los tejados rojos de las casas del pueblo y el paisaje del valle, con árboles de verde intenso. Veo que el río baja transparente y que, la vega, no está sujeta al azadón ni al surco; ya no se cava la tierra, ya no se ven labores del campo, solo ancho baldío, sin ademanes. Sobre la loma que da para la otrora quesería, unas pocas vacas rubias mordisquean yerba, sin el cuidado de nadie. Y en el monte que está por encima del antiguo calero, a espaldas de la estación, rompiendo la mudez, relinchan caballos y ladra un perro.
El sol cae. Un sorbo de agua y en marcha…
Ya en casa, luego del almuerzo, en el átomo de huerto que tengo, descanso bajo el manzano, al lado de un avellanal y de lirios sin flor, y escribo esto, como entretenimiento minúsculo. Siento la calma, siento la libertad de la vida de antaño, y es que así crecí, abrazando las ráfagas de aire fresco… Me pregunto qué haré mañana, y esbozo un paseo. Al despuntar el día, con la primera luz, sin el calor de mediodía, saldré a pie camino de Los Barrios. La caminata será larga. Con ligera mochila, recorreré mi pueblo natal, para ascender a su cumbre más alta, El Altico, vasta roca, de pedregosa cúspide, abierta a todos los vientos. Allí el aire es tan recio, que cuando se alza en viento frígido corta la cara.
Bajo el sol opresivo pasaré el día, en sosiego despreocupado, deambulando por vericuetos poco concurridos, más allá, más acá, oteando los anchurosos horizontes, por donde viajan los sueños en los que la ilusión se aferra; y antes de que aparezca la luna difundiendo su luz, regresaré a paso ligero, acaso a carrerilla, como en la juventud lozana. Bien sea.
Va muriendo la tarde… La vida sigue, con sereno latido; en la calle Poeta Eduardo Álvarez, ya no juegan los niños, desde hace años ya no hay niños en mi calle…
Dejo la palabra al silencio. Y ahora, adiós.
Villarín
Ultima edici�n por Villarín el Jue Abr 05, 2018 2:23 pm; editado 1 vez |
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Yosco

Registrado: 14 Abr 2007 Mensajes: 2271 Ubicaci�n: Leioa (Vizcaya)
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Villarín
Registrado: 13 Abr 2007 Mensajes: 512
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Publicado: Lun Nov 20, 2023 3:19 pm T�tulo del mensaje: |
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La Pola, un pedazo de otoño (1980)
La silueta de Fontañan presenta un fondo invariable, a lo lejos... Tarde de otoño en mi oreado huerto. Cielo azul, brisa tenue, olor a leña quemada. En este hortelano rincón, hojas amarillentas y parduscas yacen en el suelo esparcidas y por entre los escarpados lirios. Las ramas del peral, del manzano, del cerezo, del ciruelo, del avellanal, algo desnudas de follaje. Con el rastro apaño las hojas muertas del suelo haciendo un resguardado montón junto a la sebe, donde hay un rimero de desdentadas hojas de roble; luego sorrapeo un trozo de brevísimo vial, que dejo limpio, y durante un rato largo escardo el huerto, que, en verano, es solejar, es solana.
Sentado en un tocón seco de nogueral, en apacible sosiego, respirando el purificado aire, me quito la prisa de los tiempos que corren, del ruido del mundo, viendo pasar los instantes de la vida, desparramando la vista alrededor. El perro sestea al lado de un tronco añoso de robusta encina, ajeno al monótono zureo de unas palomas. Una araña socava en la tierra de este diminuto huerto y un pardal se introduce por la hendidura del alabeado alero del gallinero. A media tarde, el gallo sostiene el canto y las urracas graznan posadas en el sardón. Un clamoreo me advierte que alguien viene por el camino. Miro a todos lados y no veo un alma. Al momento aparecen unos niños al trote, vociferando por donde la calle pasa.
Por poniente, el cielo se tinta con arreboles y, al poco la tarde va cayendo, con el tiempo corriendo hacia el postrero crepúsculo. Se acrecienta el nocturno y se van apagando los colores de la tarde. Azuzado por el viento remusgado, retorno al calor de la lumbre; me arrellano en el sofá con el gato en el regazo y escucho música de Albéniz y releo con delectación algunos de los admirables Cantos de Leopardi. Más tarde, en acompañada cena, grata conversación, de claridades, sobre temas familiares, con detalles reveladores y la emoción de lo elemental, de lo sencillo. De la memoria saco recuerdos de influjo bienhechor: gentes, paisajes, cosas, gestos, sensaciones... Esta dulce casa paterna, este minúsculo huerto, las formas de estos montes y paisajes, me son emocionalmente imprescindibles. En este descansadero nada me turba; vida recogida, natural, simple, tranquila, sin atosigo, sin impaciencia, sin plazos perentorios, sin sutilezas inverosímiles.
Ya es medianoche, el fuego se va apagando y el sueño crece dentro de mí. Me asomo a la ventana con reja salediza, veo que la luna llena esclarece la noche. Del barandal de hierro de la terraza, cuelgan tiestos con geranios, y en la calle solo se oyen los soplos del frescor del aire, que se da testarazos contra la cumbrera del tejado de las casas, esparciéndose en el horizonte limitado. Es hora de acostarme, ya todo es silencio y calma de dicha. En la mesilla de mi cuarto reposa el libro Vida de Jesús, de Renan; un libro hermoso, espiritual, potente, escrito con descreimiento, que leí fascinado en estos días de reposo, de aliento, de respiración, de silencio sedante, de preciadísima tranquilidad.
Acostado en la cama pienso en lo que haré mañana, al romper el día. Lo mejor será que, con la luz del día estrenada, salga unas horas al campo, a tonificarme; pronto volveré al insano tráfago de Madrid, ciudad esencialísima en mi vida y de la que, de cuando en cuando, me escapo unos días, con alegrón muy grande, para venir a La Pola. Nada más grato para mí que estas excursiones. Amo estos montes y estos senderos y estos árboles, que desde niño han visto mis ojos y tienen un valor sentimental, aunque echo de menos la pérdida del mundo campesino: los animales, el vigoroso arado, los cargamentos de heno, los hatos de paja, los pastores... Oír balar las ovejas, mugir las vacas, relinchar los caballos… Me dispongo a dormir, apago la luz de la mesilla, el sueño me rinde con parpadeos lentos. Un tren de mercancías resuena estruendoso en el silencio de la noche...
Villarín |
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