Yosco

Registrado: 14 Abr 2007 Mensajes: 2272 Ubicaci�n: Leioa (Vizcaya)
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Publicado: Jue May 24, 2007 9:29 pm T�tulo del mensaje: Historia del loco que tiraba piedras a los perros. |
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Historia del loco que tiraba piedras a los perros.
Cervantes, en el prólogo al lector de la segunda parte del Quijote, inserta este cuento para hacer saber a Avellaneda, autor de otra segunda parte del Quijote y que había criticado de manera desconsiderada la obra de Cervantes, lo que le puede ocurrir. La moraleja, esta vez por delante, viene a ser que...
Había en Córdoba un loco, que tenía por costumbre de traer encima de la cabeza un pedazo de losa de mármol o un canto no muy liviano, y en topando algún perro descuidado, se le ponía junto y a plomo dejaba caer sobre él el peso. Amohinábase el perro y, dando ladridos y aullidos, no paraba en tres calles. Sucedió, pues, que entre los perros que descargó la carga fue un perro de un bonetero, a quien quería mucho su dueño. Bajó el canto, diole en la cabeza, alzó el grito el molido perro, violo y sintiolo su amo, asio de una vara de medir y salió al loco y no le dejó hueso sano; y cada palo que le daba decía: "Perro ladrón, ¿a mi podenco? ¿No viste, cruel, que era podenco mi perro?. Y repitiéndole el nombre de podenco muchas veces, envió al loco hecho una alheña. Escarmentó el loco y retirose, y en más de un mes no salió a la plaza; al cabo del cual tiempo volvió con su invención y con más carga. Llegábase donde estaba el perro, y mirándole muy bien de hito en hito, y sin querer ni atreverse a descargar la piedra, decía: "Éste es podenco:¡guarda!". En efeto, todos cuantos perros topaba, aunque fuesen alanos o gozques, decía que eran podencos, y, así, no soltó más el canto.
Concluye Cervantes que quizá de esta suerte le podría acontecer al historiador al que dirige el cuento, y que -visto el éxito de su criticada novela- no se atrevería a soltar más la presa de su ingenio en sus libros.
También podríamos concluir que no merece la pena cargar con pesadas piedras para arrojar a la cabeza de nadie, de sus opiniones, sus obras o sus ideas, ya que bien sería posible que nos viéramos obligados a llevarlas sin encontrar ocasión de soltarlas; no sin el temor, al menos, de no recibir a cambio algún sobrado castigo.
O que cada cual concluya lo que considere oportuno. |
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